Las mujeres y la diversidad funcional

Marita Iglesias [Clic para ampliar la imagen]

Mi aportación con este artículo tendrá una finalidad divulgativa más que científica o académica ya que parto de la convicción de que la cuestión de género en el ámbito de la diversidad funcional (discapacidad) ha sido un elemento del que se precisa saber más, y que tiene que ver la luz, si se quiere realmente transformar la existencia de muchas mujeres que viven una exclusión en medio de los excluidos. Así pues, trataré de contribuir a cubrir la necesidad de evidenciar la importancia de integrar el sexo, y el rol de género que lleva parejo, en cualquier reflexión o actividad dirigida a provocar el cambio ya que obviarlo lleva a crear un mundo, el de muchas mujeres con diversidad funcional, distorsionado, enmarañado, mostrando una realidad invivible donde se instalan fácilmente la injusticia, la explotación, la discriminación, la violencia…

Empezaré por enumerar algunas consecuencias sociales de ese panorama que se traducen en retos e interrogantes para el presente… porque el futuro inmediato sigue estando lejos. Trazaré, también, una breve línea histórica desde donde yo entiendo empieza el despertar de unas mujeres que siempre creyeron ser ángeles sin sexo y que podría formar parte de un incipiente movimiento feminista en la diversidad funcional.

Quiero empezar por hacer referencia a la terminología que uso habitualmente cuando me refiero a la “discapacidad”. Todo empezó por 2005 cuando un par de ideólogos, activistas del Movimiento de Vida Independiente en España, Javier Romañach y Manuel Lobato, explicaron y argumentaron esa necesidad de revisión de la terminología que se nos aplica y los conceptos que defiende y fueron más allá: propusieron un nuevo término y una nueva visión de la discapacidad que se expande veloz y sin pausa en nuestro país: hombres y mujeres con diversidad funcional. Un nuevo término que nace, por primera vez, desde la propia comunidad de individuos que lo define: “hombres y mujeres con diversidad funcional”. Esta nueva denominación no tiene nada que ver con la enfermedad, la deficiencia, la parálisis, el retraso, etc. Toda esta terminología viene derivada de la tradicional visión del modelo médico de la diversidad funcional, en la que se presenta a la persona diferente como una persona biológicamente imperfecta que hay que rehabilitar y “arreglar” para restaurar unos teóricos patrones de “normalidad” que nunca han existido, que no existen y que en el futuro es poco probable que existan…

En palabras de uno de sus creadores, J. Romañach,:

El modelo de la diversidad

Existen varias formas de entender la misma realidad y estas diferentes formas de entenderla dan lugar a construcciones sociales distintas. En el caso de la diversidad funcional, se pueden detectar cuatro modelos fundamentales a lo largo de la historia:

  • Prescindencia: las personas son eliminadas. Así ocurrió en la época nazi y en la época de Esparta, entre otras
  • Médico-rehabilitador: las personas deben ser curadas por la ciencia y rehabilitadas para incluirlas en la sociedad.
  • Vida Independiente o social: las personas están discapacitadas por la sociedad, pero con las herramientas adecuadas pueden participar plenamente en ella.
  • Diversidad: La diversidad funcional es parte de la diversidad humana. Se debe proporcionar plena dignidad a todas las personas, sea cual sea su diversidad. Plena dignidad implica dar el mismo valor a todos los seres humanos y dar los mismos derechos a todas las personas.”

Mi aportación a esta definición, que comparto y difundo, es que esa sustitución que apuntan los autores, y con el fin de no caer en la homogenización de la “discapacidad” de la que hablaré más adelante, incorpore el sexismo en ella, así, defiendo que se hable de "hombres y mujeres con diversidad funcional” más que de “personas…” y creo que los autores me han escuchado ya que en su nueva versión de este texto, e incorporado a la página web del Foro de Vida Independiente, ya podemos leer:

(…) Propugnar un cambio de terminología: sustituir "personas con dis-capacidad" por "hombres y mujeres discriminados por su diversidad funcional" o, más breve "personas con diversidad funcional.

A partir de aquí, y apoyada en este nuevo paradigma, el de la “diversidad”, hablaré pues de mujeres con diversidad funcional (física, sensorial, intelectual, mental) por considerar que ese es el término que mejor nos identifica, que es una denominación positiva y que no debería apartarme, por definición, del resto de los individuos de la sociedad. Evitaré utilizar el término “discapacitadas” o “personas con discapacidad” por considerar, en contraposición, que es, cuando menos, una denominación negativa, excluyente y asexuada.

Siempre supuso un reto para mí lograr entender el porqué de muchas situaciones que, de cotidianas, llegaron a ser invisibles. Las mujeres con diversidad funcional de mi generación y posteriores nacimos y crecimos en un modelo médico-rehabilitador que imaginaba al individuo con discapacidad como un enfermo al que hay que tratar, reparar y rehabilitar. Pero, por otra parte, ese modelo convivía con el modelo social que etiqueta a la sociedad como algo imperfecto que no sabe asumir ni integrar la diferencia. Ambos acabaron por generar una concepción de las personas con diversidad funcional como un grupo homogéneo, cuanto más cerrado mejor, cuanto más definido, mejor, porque se entendía, puedo decir que se entiende todavía, que así sería más fácil encajarnos en este puzle social.

Esta forma de concebir la “discapacidad” como un ente único, compacto; esta forma impúdica de intervenir sobre nosotras, bajo cualquiera de estos dos modelos que marcaron -¡y marcan!- nuestras vidas, tiene sus riesgos: el de hacernos perder nuestra identidad y de que se nos niegue nuestro sexo. Esta situación tiene un efecto especial en las mujeres puesto que mientras al hombre con diversidad funcional se le potencia y valora de manera que encuentra más fácilmente su rol social, a la mujer le resulta prácticamente imposible responder a los estándares sociales de madre, esposa, compañera, suministradora de alimentos y gestora del hogar. Se unen así las expectativas que la sociedad tiene ante las habilidades que debe poseer una mujer y las actitudes sociales hacia las personas con diversidad.

Así, como muy bien se dice en el estudio llevado acabo por el IMSERSO sobre “Indicadores de exclusión social de mujer y discapacidad”, nos convertimos en un fenómeno redundante al identificarse como iguales la dependencia y el género. Cosa que no ocurre cuando relacionamos el ser hombre y discapacitado ya que se establece esta relación en términos de contradicción.

Eran mis primeros intentos por racionalizar lo intangible, por abstraer lo experimentado por tantos cuerpos de mujer, por tantas mujeres conocidas unas y adivinadas otras que todavía estaban rascando, rasgando el cascarón de la opresión.

A pesar del considerable progreso logrado durante el siglo anterior, la igualdad entre mujeres y hombres aún está lejos de ser una realidad incluso en los países que se consideran más avanzados en este ámbito si atendemos a los indicadores existentes. Existe al menos, eso sí, un reconocimiento de la igualdad jurídica y una mayor permeabilidad social a los valores distintivos del género femenino. Sin embargo, en el ámbito de las mujeres y hombres con diversidad funcional todos los registros indican que la cuestión se halla en un estadio asíncrono respecto al progreso social y a la igualdad de los sexos reconocida al común de la ciudadanía. ¿Por qué? Pues porque en la diversidad funcional se difumina el género; se soslaya el género del individuo para ubicarlo en una identidad mayor desde la que definirle más fácilmente como ya dije antes: la discapacidad, explicada tradicionalmente como un todo homogéneo, excluyente de la individualidad y carente de género, una especie de limbo en el que se nos quiere mantener.

El concepto de igualdad de género parece no tenerse en cuenta en el ámbito de la diversidad funcional como sí se tiene en cuenta para el resto de hombres y mujeres. ¿Por qué? La respuesta es obvia: no se nos considera ni hombres ni mujeres. No cabe otra explicación tan bien argumentada. En el imaginario colectivo seguimos siendo seres “diferentes” con características “especiales”, que no pueden ser identificados como individuos normales (entendiendo la normalidad, por supuesto, tal y como ha sido establecida por una mayoría que no se siente ni diferente ni especial, pero que nos aplica todo aquello que es “diferente” y “especial”) y eso conlleva “actuaciones especiales” y “diferentes” al resto de los normales.

Así pues, esta concepción del universo de la diversidad funcional ha favorecido que las mujeres, según los datos que lo van aseverando día a día, se encuentren marginadas entre los marginados, haciéndose más invisibles y vulnerables a cada momento. Debemos hablar entonces de una situación de opresión y marginación.

Como consecuencia de esa ignorancia, de esa evaporación del género de la que hablaba, las mujeres con diversidad funcional hemos quedado relegadas tanto de las políticas dirigidas a la erradicación de la discriminación por razón de discapacidad como por las que se dirigen a promover la igualdad entre hombres y mujeres.

Ni las políticas de igualdad ni las de discapacidad llevadas a cabo por la mayoría de nuestros gobiernos de la Unión Europea han conseguido erradicar la discriminación que sufre la mujer con diversidad funcional no contribuyendo, por tanto, ha hacer visible su situación. Todas las actuaciones específicas (medidas de acción positiva) destinadas a la población con diversidad funcional, apenas han tenido presente la perspectiva de género. Incluso dentro del propio colectivo de personas con diversidad funcional, se sigue reproduciendo el mismo esquema relacional (asimétrico de poder) entre hombres y mujeres que marca las directrices a seguir en la población en general, es decir, las diferencias educativas, de acceso al empleo, nivel de participación social, promoción personal, relaciones afectivas, participación en la toma de decisiones, en los espacios de poder, etc. siguen favoreciendo al hombre con diversidad funcional antes que a la mujer. Curiosamente, a pesar de esa reticencia a considerarnos personas sexuadas, las consecuencias de la aplicación de los roles sociales de género que actúan para el resto de la población ¡también actúan sobre nosotras!, y eso tendría que ser una señal de alarma para todos aquellos que consciente o inconscientemente nos niegan nuestra realidad sexuada. No solo tenemos sexo, sino que también tenemos un papel social de género IGUAL que el del resto de hombres y mujeres.

Es evidente que la marginación de los hombres y mujeres con diversidad funcional es un hecho históricamente contrastado, que mantiene en la exclusión social a muchas personas y que desde ésta, es incompatible hablar de participación en plano de igualdad.

Una de las consecuencias de la discriminación que soportan las mujeres es que las debilita, física y mentalmente, y las convierte en mujeres fácilmente abordables, manipulables y gobernables. Por supuesto que una autopercepción así conduce en la mayoría de los casos a un sentimiento de inferioridad y falta de respeto para sí misma en el que es muy fácil que se instale el abuso y la violencia. Se convierten en seres debilitados, pero no tanto por su debilidad física, sino por no poder ejercitar sus derechos, por su falta de poder y capacidad de gestionar sus vidas. De ahí que en aquellos lugares donde ese desequilibro de fuerzas es más rotundo y evidente como son las instituciones residenciales, las familias con relaciones enfermas, en desequilibrio, etc. sea también donde el porcentaje de abusos y actos violentos es mayor. Cuanto más desposeídas de poder, más proclives a sufrir violencia y maltrato a lo largo de sus vidas.

Beatriz Egea [Clic para ampliar la imagen]

Escribiendo este artículo tiene lugar el fallecimiento de Beatriz Egea, una mujer con ELA, víctima de malos tratos, presuntamente por parte de su pareja e hijo. Se ha ido sin poder tener la tranquilidad de que al final sí puede haber justicia, se ha ido a mitad de un camino que decidió emprender a pesar de que no pudiera comunicarse, se dudara de su cordura, de su condición de mujer, esposa, madre,… en fin, se topó con lo más rastrero y vil de un sistema social que todas y todos hemos construido, pero Bea ha desbrozado un camino difícil de andar y que muchas de nosotras acabaremos, por ella ¡y por nosotras!. No puedo explicar en este artículo qué significa la violencia en nuestras vidas porque necesitaría más tiempo y espacio para no contribuir a tratar esta cuestión de forma superficial. Es compleja, dura, muy difícil de entender y de reconocer. Es donde la intersección de la violencia con la diversidad funcional genera una forma sutil y despiadada de maltrato que tan difícil resulta ver, pero quien sí puede hablar de ello y enumerar los puntos clave de esta lacra es Bea Egea. Quiero reproducir aquí una entrevista que se le hizo para La SextaTV porque ilustra la situación repetida de muchas mujeres con diversidad funcional y sobran más palabras.

(…)

¿Cómo se comportaba tu marido contigo antes de tener ELA?

Su trato era el que se presupone de una pareja; desde luego, jamás antes de mi enfermedad, hubo el más mínimo indicio de comportamiento violento.

¿Por qué crees que cambió su forma de tratarte a raíz de tu enfermedad?

Sin duda porque necesitaba ayuda para realizar tareas que antes hacía de forma autónoma, el hecho de perder la voz complicó aún más que pudiese continuar asumiendo la educación de nuestro hijo y el día a día de la casa. En palabras de él, me convertí en una carga, una cruz.

¿Qué tipos de abusos recibiste por su parte?

De todo tipo: me anuló como persona, insultos, desprecios, gritos, imponer su voluntad en la toma de decisiones personales, negación de ayuda, agresiones como patadas, empujones, amordazarme, atarme, asfixiarme con la almohada...

¿Qué maltrato te dolía más, el físico (activo) o el psicológico (pasivo)?

Ambos son muy dolorosos, en la situación de imposibilidad de pedir ayuda e indefensión en que me encontraba. Tenía una constante sensación de miedo ante su ensañamiento y sadismo que yo no comprendía.

¿Qué impedimentos te encontraste a la hora de denunciarle?

Todos. Que se me discrimine por mi diversidad funcional, que me impide expresarme y actuar como los demás. La ausencia de partes de lesiones por no poder acudir a un hospital y, en resumen, la falta de previsión de la justicia para poder atender casos como el mío, lo que aumenta el miedo y la sensación de indefensión, por la indiferencia social con la que me fui encontrando.

¿Crees que tu enfermedad te resta credibilidad a la hora de denunciar?

Claro que sí. La imagen que hay de la “Dependencia” está provocando una cierta comprensión social hacia ciertas actitudes de los “cuidadores” y restando derechos a quienes necesitamos una asistencia personal para poder vivir en igualdad de condiciones al resto.

¿Se aprovechó de tu limitación física para alejarte de tu hijo?

Claramente sí; al anularme como persona, perdí el papel de madre y el respeto de mi hijo, quien pasó a imitar el comportamiento arisco de su padre, al hacerme culpable de los “trastornos” que les causó por mi enfermedad. No he tenido acceso a la toma de decisiones sobre su educación y únicamente he tenido noticias de él a través de uno de sus profesores.

Si tu marido te hubiese ayudado, ¿tu estado actual sería mejor?

Sin duda; en toda enfermedad, hay un componente afectivo que resulta terapéutico. Sentirse apoyada y sobre todo que los tuyos sigan reconociéndote como antes, ayuda a seguir “batallando” en los momentos difíciles. Yo no solo me sentí abandonada y maltratada, lo que mermó mis ganas de luchar y empeoró mi salud, sino que mis necesidades médicas y asistenciales pasaron a ser un gasto secundario.

¿Cómo te gustaría que se hiciera justicia con tu marido?

Con el reconocimiento legal y social de mi maltrato, sin exigirme para demostrarlo cosas que en mi situación resultan imposibles. Que los delitos de este tipo no puedan quedar impunes porque nuestra justicia esté más preocupada de los derechos de los delincuentes que de los de nosotras, sus víctimas.

(…)

Ante este panorama vivencial, algunas mujeres estamos preguntándonos si existe un movimiento de mujeres en la diversidad funcional al igual que ha surgido en otros grupos que se consideran discriminados por su condición. Yo creo que hubo un comienzo, pero la realidad actual nos ha superado y nos hemos convertido en “meteoritas” que no sabemos dónde iremos a caer.

Todo comienza a finales de los años 90 del pasado siglo, cuando en una conversación con una compañera alemana, D., (con mucho mayor recorrido en el movimiento de mujeres con discapacidad que en España, entre otras cosas porque ¡no existía!) me dijo:

Marita, ¿cómo es posible que no existan grupos organizados de mujeres en España? ¿Cuál es el planteamiento feminista en las asociaciones de personas con discapacidad?

No supe qué decir, salvo ampararme en mi creencia, para justificarme ante mí misma, de que “estos europeos, siempre tan snobs, no se dan cuenta de que aquí aún tenemos otras realidades más acuciantes y básicas que resolver: las barreras arquitectónicas, la educación, el empleo, etc., antes que dedicar especial atención a la cuestión femenina”.

D., le respondí:

nos queda mucho por hacer antes de llegar a vuestro nivel en que se puedan hacer planteamientos de género. Además, no creo que los problemas de los hombres con discapacidad sean diferentes a los de las mujeres; el problema de la discriminación es el mismo…

La cara de D. y su expresión en la mirada, sin saber exactamente porqué, me avergonzó y me intimidó. No dijo nada, imagino que porque tampoco era el mejor momento entre bocado y bocado de una frugal cena; pero, puede, también, porque sabía que ese planteamiento tendría que llegar de forma natural y derivado de nuestra vivencia de un modelo de interpretación de la discapacidad que comenzaba a quebrarse.

Efectivamente, esa visión médico rehabilitadora de la discapacidad comenzaba a ser reemplazada, lentamente, bien es verdad, por considerarse obsoleta, ineficaz e injusta. Ese reemplazo venía dado por el denominado modelo social de la discapacidad que considera que ésta surge, no porque se tenga un “déficit” físico, sensorial o intelectual que impida usar y disfrutar los mismos espacios y derechos que el resto de las personas, sino que nace cuando la sociedad no sabe dar respuesta eficaz a las demandas de esas mismas personas. Sin embargo, ambos modelos seguían teniendo en común la obsesión por hacernos fácilmente reconocibles e identificables. Dotarnos de características únicas, homogéneas y de fácil comprensión a todos aquellos individuos que éramos considerados diferentes. Una forma de simplificar la discapacidad fue no dotándola de sexo con lo que evitaba tener que hacer planteamientos de género en sus intervenciones y porque eso sería secundario ante un problema mayor: la discapacidad.

Con eso crecí, con mi problema, que luego descubrí que era el de muchos más -y, más tarde, el de muchas más- pero sin una representación de mí misma que me hiciera identificarme con una mujer o que mi circunstancia pudiera ser muy diferente de la de mis compañeros hombres. En ese contexto se produce la conversación con D. y, a partir de aquí, la reflexión y el replanteamiento de tanta actividad asociativa en la que muchos de nosotros estábamos imbuidos por esos tiempos. Imbuidos en esa actividad y reproduciendo, sin saberlo, (¿o sí…?) los mismos esquemas de poder contra los que creíamos estar combatiendo: ¿cómo era posible estar luchando contra algo que considerábamos injusto y que nos mantenía en una situación de marginación si estábamos haciéndolo desde las mismas estructuras de poder que decíamos combatir? Es decir, ignorar la cuestión de la mujer en cualquier planteamiento político de grupo era como decir: vale, de acuerdo, sé que tú eres diferente, que tú sufres el doble de lo que sufro yo, que tú estás más discriminada que yo, que tú eres más paria que yo; pero, espera, antes tenemos que arreglar mi situación porque arreglándola, tendré tiempo y medios para arreglar la tuya. ¿No es esto un planteamiento paternalista, esclavista, machista y autoritario? ¿Cómo se puede defender la no discriminación si al tiempo los altares desde donde se predica están construidos sobre cimientos que discriminan? Para que quede claro, yo en el 99% de las asociaciones de personas con discapacidad era un hombre (estamos hablando de los 90) y tú, las mujeres.

Es aquí cuando algunas personas activistas en el mundo asociativo tradicional deciden cambiar el rumbo de su pensamiento, convencidas de que si no hay lugar para las mujeres en él, nada se está contribuyendo a cambiar lo que vivimos como injusto y marginador.

Por otra parte, durante la década de los 90, la posibilidad de comunicación con el resto de Europa gracias a los fondos comunitarios marca un antes y un después en la forma de hacer y planificar el trabajo de muchas organizaciones de personas con discapacidad mediante una multitud de proyectos transnacionales que permitieron ir a ver, comparar, transferir, y, en muchas ocasiones, constatar que, como dice un dicho inglés, todo sigue siendo “old wine in new bottles”: nada cambia entre estar en una jaula nórdica de oro o en una de ladrillo española. Pocas organizaciones supieron en ese momento aprovechar realmente esa oportunidad de aprendizaje que la UE les brindaba; pero las que lo hicieron comenzaron a cambiar sus prioridades de acción y pasaron del ocio y esparcimiento a la educación y el empleo, del lenguaje adjetival de minusválidos al sustantivado de personas con minusvalía; de la participación a la no discriminación,… pero seguía sin emerger ninguna aproximación de género, no ya eso, sino siquiera la más ligera manifestación de interés de que las mujeres eran algo más que minusválidos con faldas (algunas, porque la mayoría escondíamos las piernas).

Sin embargo, en el resto del mundo, ya se estaban poniendo las faldas algunas mujeres minusválidas y, en 1990, al comienzo de la década, se celebra uno de los eventos que harían historia y que marcaron el comienzo de esta corta trayectoria de toma de conciencia feminista: Seminario de Mujeres con Discapacidad (Seminar of Disabled Women) que tuvo lugar en Viena, en agosto de 1990, promovido por el Consejo Económico y Social de Naciones Unidas que, ya en el año 1987, estableció un objetivo de estudio: Mujeres vulnerables, incluyendo las mujeres inmigrantes. Una de las acciones planificadas para retroalimentar ese objetivo de estudio fue el mencionado seminario. Allí, por primera vez, se dieron cita mujeres activistas de varios países (Noruega, Suecia, Austria, EE.UU. Brasil, Nairobi, Pakistan, Alemania, Italia, Egipto, El Salvador, Camerún, Grecia, Congo, Países Bajos, …no, no estaba España). Se esbozaron entonces las líneas programáticas, de acción prioritaria, que servirían para introducir y hacer visible nuestra existencia en dos eventos más de gran relevancia: las Normas Uniformes sobre la igualdad de oportunidades para las personas con discapacidad, resolución de Naciones Unidas aprobada en 1993, y la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer (Beijing, 1995). En sendos acontecimientos y en la documentación oficial generada se comienza a hablar de mujeres con discapacidad y sus circunstancias especiales. En el Plan de Acción de la Conferencia de Beijin, por ejemplo, su visibilidad se muestra en apartados y referencias siempre relacionadas con la pobreza, la carencia, el acceso a bienes, etc., en medio de las clásicas enumeraciones y coletillas de: por motivos de género, raza, idioma, religión, origen nacional, edad o discapacidad o las mujeres con discapacidades y a las mujeres emigrantes, refugiadas y desplazadas.

Hay muchas coletillas de este tipo a lo largo de la declaración, ¡y por primera vez en un documento oficial!, pero, significativamente, se hace mención específica a las mujeres con discapacidad en los apartados referidos al acceso a la información y el empleo:

m) Garantizar el acceso de las mujeres con discapacidad a la información y los servicios disponibles en el ámbito de la violencia contra la mujer;

j) Asegurar el acceso a los programas especiales que se elaboren para permitir a las mujeres con discapacidad obtener y mantener un puesto de trabajo y asegurar su acceso a la enseñanza y a la formación a todos los niveles adecuados, de conformidad con las Normas Uniformes sobre la igualdad de oportunidades para las personas con discapacidad.

Pero todas estas menciones que parecen reconocer nuestra existencia en un documento oficial que habla de una parte de la humanidad, mayoritaria, pero convertida en minoría por estar excluida del disfrute de los derechos humanos establecidos, no es gratuita, no es casual, no es la evolución natural del pensamiento colectivo: es el fruto de un grupo de mujeres con diversidad funcional que, a pesar de intentar por todos los medios ser silenciadas por las “otras” mujeres dominantes de la conferencia, lograron introducir todas esas coletillas y menciones que se convirtieron en piezas clave para el futuro ya que obligaban a los Estados a informar de su cumplimiento.

Sin embargo, si hay un antes y un después en la incipiente toma de conciencia femenina en la diversidad funcional en Europa, es la aparición del Manifiesto de las Mujeres con Discapacidad de Europa, adoptado en 1997 por el Foro Europeo de la Discapacidad (EDF). Una vez más, fue gracias al trabajo y la iniciativa de un puñado de mujeres quienes se esforzaron para que dentro del EDF se creara un espacio de reflexión y supervisión de la aplicación de la variable de género dentro de su actividad. Así, surgió el Grupo de Mujeres con Discapacidad (Working Group on Women and Disability) al que tuve el honor de pertenecer precisamente en esos inicios que llevaron a la producción de este documento político que se puede encontrar traducido a 14 lenguas y que ha servido como instrumento de divulgación y presión política en manos de las mujeres, fundamentalmente, en manos de las mujeres porque las cúpulas masculinas, mayoritariamente en el poder de las organizaciones, poco o nada creyeron, y creen, en el esfuerzo por hacer visible nuestra existencia.

Es a partir de esa fecha que, bien por convencimiento, bien por oportunismo político, bastantes asociaciones comienzan a consentir la creación dentro de su seno de subgrupos y comisiones de mujeres, pero raramente dotadas de medios o asignándoles el lugar de protagonismo paritario en las estructuras de poder de esas mismas organizaciones. Tal era, y es, el descreimiento de esas organizaciones por el derecho a existir de estos grupos de mujeres que, después de una especie de florecimiento primaveral, la mayoría han desaparecido o quedado como elemento decorativo, políticamente correcto, necesario para tener un buen cartel ante la sociedad o para tener acceso más fácilmente a las subvenciones públicas que favorecen económicamente la existencia de políticas activas de género, medidas positivas, etc. dentro de las mismas.

A partir de aquí, de la visibilización de una realidad escondida que las mujeres estamos intentando evidenciar, comienza el reto de todas y todos por analizar las raíces de una injusticia social más; por buscar espacios compartidos en otros lugares, en otras luchas, con ¡otras mujeres!. Ese es nuestro reto actual: hemos tomado conciencia de nuestra existencia, tenemos identidad y encajamos en el mundo de la diversidad con el resto de personas de este planeta, pero nos falta estructurar esta línea de pensamiento para poder transmitir claramente nuestra aportación a la sociedad. Tanto el género como la diversidad funcional son construcciones sociales basadas y generadas por una ideología imperante en nuestra sociedad, pero como tales construcciones sociales, pueden ser moldeables y transformadas en otras con otros valores y simbología. Ahí se vislumbran las claves para empezar a romper la situación actual, dando lugar a otra donde hallemos nuevos equilibrios entre valores y respeto a la diferencia que permitan, entonces sí, una participación social de la mujer en plano de igualdad.

Marita Iglesias

Noviembre, 2012

Artículo publicado en el nº 11 de Themis, Revista Jurídica de Igualdad de Género (Madrid), primer semestre de 2012, págs. 46 a 56.